Lloraba sangre por falta de lágrimas. La mujer que tanto amó durante esos años, ahora estaba muerta. Las rosas amarillas se habían marchitado. La lluvia disimulaba la cara pálida y ocultaba las lágrimas del chico raro de sonrisa triste, y mientras lamentaba la muerte de aquella chica, recordó la promesa hecha hace un tiempo. Decoró sus muñecas con la sangre que corría por sus venas, y pidió sepulcro para los dos. Sus testamentos eran dedicados a nadie. su amor se destruyó con sus muertes y nació una flor maldita y eterna, que solo florecería en la adversidad. La oscuridad cubrió la tierra y la flor pudo florecer en soledad... Maldiciendo el mundo.
Cristian E. Eslava
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